Vivimos en una era digital que se expande a pasos agigantados. La información que se genera y distribuye a través de la Internet es vasta, incluso nuestra vida entera no sería suficiente para ver  todo este gran universo de datos. En algunas ocasiones, la capacidad de los dispositivos de almacenamiento externos  ha sido escasa, obligándonos a adquirir unidades con mayor espacio. Las velocidades de transmisión de datos de Internet han evolucionado, así como también la calidad de los archivos multimedia, esto representa mayor consumo de datos y recursos. Las aplicaciones móviles (apps) demandan más espacio y memoria de nuestros dispositivos, teniendo que realizar, periódicamente, mantenimiento para poder actualizar o instalar nuevas aplicaciones. De igual manera, las redes sociales están impregnadas de información, datos que fluyen libremente a lo largo y ancho de nuestro planeta en tiempo real.  Compartimos la información a millones de internautas en cualquier momento. Todo esto forma parte de nuestra actual sociedad de la información.  Sin embargo, ¿Cuánta información que vemos a diario es real? ¿Cuánta es falsa? Pero sobre todo, ¿Cómo distinguimos entre estas dos?

Para tener una idea clara de los volúmenes de datos que se transmiten a través de las diferentes plataformas digitales, basta con revisar algunas estadísticas. En cada minuto, 2.4 millones estados de Facebook son actualizados, 100 horas de video son subidas a YouTube, 4 millones de búsquedas en Google y 64,000 millones de mensajes viajan a través de Whatsapp, este último batiendo un record en tan solo 24 hrs. Infinidad de información se genera a cada segundo, las múltiples alertas de nuestros dispositivos móviles provocan en nosotros su constante monitoreo y la perdida de atención de las actividades que previamente estábamos realizando. Al sentarnos frente a la computadora o dispositivos móviles, sabemos de antemano que la multitarea se hará presente.  La abundante información nos abruma, pero paradójicamente así la deseamos. Incluso aparece sin llamarla. Los anuncios, imágenes, hipervínculos nos roban atención seduciéndonos para posar sobre ellos y dar clic.

La plasticidad de nuestro cerebro, también conocida como neuroplasticidad es la capacidad para cambiar y adaptarse a las nuevas circunstancias o experiencias. En este caso, adentrarse en la tecnología de la información y comunicación (TICs) cambia nuestros hábitos de lectura. Ahora usamos, en su mayoría, la lectura superficial, leemos en fragmentos, escaneamos rápidamente la pantalla en busca de palabras clave y navegamos a través de los hipervínculos hasta un viaje sin retorno a nuestra idea principal. Tal y como lo describe Maggie Jackson en su libro Distracted  “el cerebro se toma su tiempo para cambiar de objetivo, recordar las reglas necesarias para la nueva tarea y bloquear la interferencia cognitiva de la actividad, aún vívida, que la ocupaba”. Además, no solo buscamos información, sino también la información nos busca, por ejemplo: las notificaciones de nuestras redes sociales, los nuevos mensajes de texto, el video que acaban de subir, el tuit del usuario que seguimos, el anuncio de Spotify entre nuestra lista de reproducción, la alerta de batería, entre muchos otros.  Todo un bombardeo de información.

Numerosos estudios han demostrado que cambiar entre dos actividades merma nuestra capacidad mental y de concentración aumentando la probabilidad de cometer errores en la interpretación de la información u omitir algún dato importante. Esto lo vemos a diario en las redes sociales, las cadenas de ayuda, con las noticias sobre muertes de personajes famosos, tragedias naturales, desapariciones, accidentes, cierre de servicios, e incluso terrorismo. Leemos solo las palabras claves y compartimos la información sin comprobar la fuente de información. Esto no quiere decir que algunas de ellas no sean verdaderas, sino que compartimos la noticia o archivo multimedia de años anteriores, todo por omitir un dato importante, la fecha. Incluso algunas personas están tan abrumadas, que al ver el “colosal” texto de alguna cadena, el cerebro la etiqueta en automático y la comparte SIN LEERLA, sin analizarla contribuyendo de esta manera a una sociedad de la desinformación.

Si llegaste hasta aquí y comprendiste este texto, te felicito, aun cuentas con ese poder de concentración y disfrutas de una lectura profunda.